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Narrativa
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EL ÁRBOL DE LOS PRODIGIOS · Cuentos, relatos y otras perturbaciones

Textos e ilustraciones de Alejandro Blasi







Prólogo de Planas i Sanmatí:

    "Los sueños no son ficciones, sino verdades. Un sueño es rotundamente la Verdad. Estos relatos nos cuentan la Verdad con la falsa apariencia de la Mentira; por encima de la Realidad, que siempre la esconde, el autor nos explica su Realidad, su Realismo, su Surrealismo. Deconstruye la Realidad.
    No estamos ante una ficción. Ni mucho menos ante una fantasía. Alejandro Blasi nos miente cuando nos dice que nos cuenta la Mentira. Por eso dice la Verdad.
    ¿Con qué nos encontramos? Pues con el Misterio más estremecedor. Porque no aclara nada, no explica nada, no resuelve nada, ya que nada hay que aclarar, nada hay que explicar, nada hay que resolver.
    Escalofriante."




I · INTRODUCCIÓN:

El árbol de los prodigios (1ra. parte)


II · LOS FRUTOS:

La venganza
Sólo un sueño 

La fiesta
Mundo
El encuentro
Preguntas
Somnus interruptus
En el nombre de Dios
Aguas
El ejército perfecto
Los elegidos
Sospecha
El tesseract de Faro
De los peligros de la literalidad I
El otro lado
El duelo del caminante
Continuum
La Sagrada Familia
 
Breve esbozo de una hipótesis disparatada
Sueño de los enamorados
Antípodas
Stormbringers
La máquina
Transgénicos
Destino
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.

El dilema Kepler
La soledad del último demiurgo
Énfasis
La rebelión de los espejos
La caída
Olimpop
Los ocultos
Asincronismo
El reflejo
Mutación
Big junkie
Fin del mundo
El camino inverso
Crucigramas
De los peligros de la literalidad II
Anatema del escritor novel
Dios juega a los dados
La línea final
El monstruo de las escaleras
 
Comunicado de prensa



III · EPÍLOGO:

El árbol de los prodigios (2da. parte)







Crítica musical

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    Los siguientes textos han sido publicados en la sección "Cultura" de la revista digital www.mallorcactual.com desde octubre de 2006 hasta la actualidad.



Rockabye Baby!, “Lullaby Renditions of Radiohead”
Esperando a Valentina

    Empezaré sincerándome: es obvio que mi cercano debut en el club de los padres primerizos me tiene felizmente obnubilado. Así las cosas, mientras me hago a la idea de que términos que hasta hace muy poco me eran ajenos, tales como “biberón”, “pañales” o “andador” formarán parte de mi vida cotidiana, me debato entre el deseo natural de cualquier padre de que a su hijo (hija en este caso; Valentina para más precisiones) no le falte nada y el miedo a convertirla (ya desde antes de nacer) en presa fácil de una de las enfermedades más obvias y, a la vez, de más difícil diagnóstico de nuestro tiempo (por lo menos en esta parte del mundo): el consumismo desmesurado. Y en esas aguas navego mientras trato de asimilar que un cochecito para bebé vale prácticamente lo mismo que mi fiel coche usado, cosa a toda vista exagerada, ya que mi viejo Citroën tiene, entre otros prodigios de la mecánica, un motor que le permite autopropulsarse. Y entre las cosas que voy descubriendo en este aprendizaje me encuentro con algo que no sabía que existía, aún siendo un melómano confeso: música para niños basada en los grandes iconos de la música rock. De todas ellas se destaca, por lejos, la colección llamada “Rockabye Baby!”, que tiene en su catálogo obras basadas en bandas tan disímiles como The Beatles, Led Zeppelin o Metallica, y la que, a mi entender, da lugar a su trabajo más logrado: Radiohead.
    Que la música generada por una mente atormentada como la de Thom Yorke se convierta en adorables canciones de cuna no es un mérito que se deba pasar por alto. La eléctrica melancolía de Radiohead es suplantada en “Lullaby Renditions of Radiohead” (en inglés, “Interpretaciones de Arrullo de Radiohead”) por alegres arpegios y melodías de vibráfono, xilofón y piano, dándole a las canciones originales un giro inesperado y a la vez, absolutamente creíble. Quizás sea ese el mayor logro de esta pequeña joya: que la música suene natural, como si hubiese sido compuesta ex profeso para un recién nacido.
    El lector sagaz me dirá que nunca podré estar seguro de lo que la pequeña Valentina, con unos pocos meses de vida, opinará sobre la música que su padre eligió para darle la bienvenida al mundo y que, en realidad, es música para mi propio deleite. No le faltará algo de razón. Espero se me perdone este inocente pecado...

Alejandro Blasi



Nine Horses, “Money for all”
Ignorando al rebaño

    Detrás del hermético nombre de Nine Horses se esconde ni más ni menos que la mente preclara del inglés David Sylvian, uno de esos lujos que nos podemos encontrar revolviendo la batea de una tienda de discos más o menos especializada.
    Qué distinto sería el mundo sin gente como David Sylvian. ¡Qué porquería de mundo! Que triste sería que una ínfima especie como la nuestra no contase con esos seres que van contra la corriente, que se apartan del rebaño guiados simplemente por su intuición, al margen de modas y rastreras estrategias de marketing. Esos divinos posesos que siguen una luz que sólo ellos ven, y nada ni nadie les hace desviar su marcha hacia no se sabe dónde (ni ellos lo saben, seguramente).
    David Sylvian es uno de ellos. Cuando pienso en esa gente consigo olvidar por unos instantes que la humanidad muy probablemente termine destruyendo un planeta hermoso; que la miseria asola el tercer mundo mientras que en el primero buena parte de la juventud se atiborra de drogas y alcohol para olvidar que lo tiene todo y no le alcanza; que los Bush gobiernan el planeta; que la misma Iglesia que hoy bautiza nuestros hijos hace sólo un puñado de siglos quemaba gente viva en las plazas en nombre de Dios; que los poderosos provocan guerras de pobres contra pobres (en nombre de otro Dios)... En fin, que la misma especie que es capaz de concebir prodigios como las sinfonías de Mozart también puede inventar la bomba de napalm u horrores peores.
    Perdón, hoy tengo un día de esos. Mejor hablemos de música.
    Digamos simplemente que este exquisito proyecto de remixes contiene ocho versiones del disco anterior de Nine Horses, trío que se completa con Steve Jansen (hermano de Sylvian) y Burnt Friedman (especie de “genio loco” abocado a las nuevas tecnologías aplicadas a la música). Digamos también que el concepto que Sylvian y los suyos tienen de un disco de remixes dista mucho de esos refritos que suelen atontar oídos (y mentes) en las discotecas. Para el ex líder de Japan no se trata simplemente de adornar las versiones originales con programaciones y bases de ritmos machacantes, sino de ampliar el abanico de posibilidades que le exige su inquietud estética. Por lo tanto, no encontrará el oyente música fácilmente bailable en este trabajo, si bien es, por lejos, el disco más pop y de más fácil audición de los que Sylvian viene haciendo desde hace décadas.
    Y además está su voz, claro. Esa voz de terciopelo que parece acariciar el aire que la transporta y nos arrulla como si fuese un mantra que nos guía hacia la luz.

Alejandro Blasi



Anouar Brahem, “Le Voyage De Sahar”
Un viaje hacia el infinito

    ¿Cederé a la tentación snob y siempre elegante de citar a Borges? Creo que sí... Y aquí voy: en una de sus acostumbradas reflexiones sobre el infinito (y la perplejidad que éste provoca en el alma humana), el genial ciego nos cuenta en su relato El desierto: "…a unos trescientos o cuatrocientos metros de la Pirámide me incliné, tomé un puñado de arena, lo dejé caer silenciosamente un poco más lejos y dije en voz baja: 'Estoy modificando el Sahara'. El hecho era mínimo. Pero las no ingeniosas palabras eran exactas y pensé que había sido necesaria toda mi vida para que yo pudiera decirlas...”.
    Algo de eso hay en este maravilloso “Le voyage de Sahar”, del tunecino Anohuar Brahem, maestro del oud, versión árabe de lo que en occidente se conoce como laúd.
    Brahem toma como punto de partida el Sahara y con aquella inhóspita inmensidad como referente, nos pasea por diversos paisajes, a cual más estremecedor. Para ello se vale de la misma formación que tan buenos resultados le dio en su disco anterior, "Le pas du Chat Noir": un nada ortodoxo trío que se completa con los franceses Jean-Louis Matinier en acordeón y François Couturier en piano. Con estos tres colores en su paleta, logra contrastes inesperados y cautivantes.
    Una de las primeras osadías formales de este norteafricano es elevar el oud a la categoría de instrumento solista, ya que en la tradición de su tierra se utiliza solamente para acompañar al cantante. Otra de esas osadías es tomar un instrumento de raíces tan profundas en el sentir de su pueblo y mixturarlo con el acordeón y el piano, dos instrumentos muy lejanos (no sólo geográficamente) y lograr una hermandad de sonoridades que se complementan a la perfección en tiempos en que esto puede ser interpretado como una metáfora tan obvia como necesaria: a estas alturas, es notorio que la mentada “Alianza de civilizaciones”, enarbolada por políticos entusiastas y denostada cínicamente por otros innombrables, es moneda corriente entre artistas de todas las disciplinas, sobre todo entre los músicos. El diálogo logrado entre estos tres instrumentos de origen tan diverso resulta un bálsamo en tiempos convulsos como los que vivimos. La dulzura del oud se entremezcla con los tintes jazzeros y hasta clásicos del piano, y el inconfundible sonido del acordeón funciona como una amalgama que recorre todo el disco, dándole unidad sin caer nunca en la monotonía, en un trabajo en el que la improvisación juega un papel preponderante y en el que ninguno de los tres ejecutantes prima por sobre los demás.
    Lo dicho, Anouar Brahem, toma una minúscula porción de ese infinito océano de arena que es el Sahara y -como Borges al pie de la gran pirámide- lo modifica para nuestro deleite.

Alejandro Blasi



Stereolab, “Margerine Eclipse”
La alegría sintética

    Hay algo perverso en la música de Stereolab, esa es mi teoría. No quiero ser mal interpretado: no me refiero -faltaba más- a las estudiadas excentricidades de un Marilyn Manson o a la torpe escatología de los explícitos Slipknot, sino justamente a todo lo contrario. La música de Stereolab es feliz, luminosa, diáfana y, por momentos, dichosamente infantil; pero tanta felicidad, señores míos (y perdón por arruinar la fiesta), no puede ser real. Eso es lo perverso. Y eso, precisamente, es lo que hace que sean tan seductores. Estos londinenses, como en esos relatos de misterio en los que la calma y la dicha hacen prever alguna indeseable calamidad, siguen regalándonos su exquisito cóctel de música lounge, sentimiento retro, krautrock y pop electrónico de tintes francófilos que los hace tan característicos. Pero, y aquí viene lo inquietante, de alguna manera nos hacen presentir que debajo de la mesa recién servida, la hermosa vajilla de diseño y el mantel al tono, algo se mueve al acecho. Podemos sentirlo. Podemos sentir el aliento del monstruo en nuestros tobillos mientras disfrutamos del refinado manjar que nos han preparado nuestros anfitriones. Es cierto que el monstruo nunca termina de salir de debajo de la mesa y que, al fin y al cabo, la única certeza que tenemos es la elegancia y el buen gusto del banquete que se nos ofrece, y no nos queda más remedio que relajarnos y disfrutar, no sólo de la comida, sino del ambiente y la decoración futurista, en la que destacan las coloridas flores que adornan la sala, aunque, muy en el fondo, sepamos que son de plástico… pero es que son tan hermosas… y parecen tan reales…

Alejandro Blasi



Celso Fonseca, “Rive Gauche Rio”
En busca del mar

    El carioca Celso Fonseca es una de las tantas maravillas que brotan de ese manantial inagotable que es la música popular brasileña.
    Mucho es lo que puede decirse de este multiinstrumentista, arreglador, compositor y colaborador habitual de artistas de la talla de Gilberto Gil, Djavan, Chico Buarque, Gal Costa, Bebel Gilberto o Paula Morelenbaum, heredero natural del gran Caetano Veloso, de quien parece tomar su amplitud de criterio a la hora de seleccionar su repertorio, que en este “Rive Gaucho Rio” (2005) incluye, además de temas propios, versiones del irlandés Damián Rice, el guyanés Henri Salvador o el uruguayo Jorge Drexler (invitado en la versión de su hermoso tema “Don de fluir”).
    Justamente es Drexler quien nos da una pista para describir el trabajo de Fonseca, ya que, parafraseándolo, podemos decir que este brasileño canta “como quien respira… y parece tan fácil como dejar el corazón latir”. Pues bien, es exactamente ese el gusto que nos deja Fonseca en la boca (y en los oídos). Pareciera que las notas fluyen solas, guiadas por quién sabe qué mágico hechizo, y que no podría ser de otra manera, como no podrían tener otra forma las alas de una mariposa, ni otro sonido la voz de nuestra madre.
    Y es también a Drexler a quien se oye decir al comienzo del tema en el que participa: “¡uf, cómo suena esa guitarra!, ¡qué disparate!”. Un comentario dicho espontáneamente por el rioplatense que nos permite llegar a otro punto importante: el tratamiento excelso del sonido que logra Fonseca como productor artístico. Un sonido natural e intimista, dulce sin llegar nunca al empalagamiento, en el que la voz discurre con elegancia entre los sutiles acordes de una guitarra que pareciera ser acariciada más que tocada.
    Es tanta la belleza que destilan estas catorce canciones que es difícil destacar alguna entre las demás; lo más recomendable es, después de todo, dejarse llevar por este río, sentir el correr de las aguas, mansas pero incontenibles, buscando el mar, siempre el mar… y encontrándolo.

Alejandro Blasi



Cocteau Twins, “Twinlights”
La arquitectura sonora

    Dado que la música de los desaparecidos Cocteau Twins es en sí misma una rareza dentro del paisaje musical contemporáneo, y que “Twinlights” es, a su vez, una rareza dentro de su discografía, podemos considerar este trabajo editado en 1995 como una extravagancia al cuadrado, una verdadera perla negra donde las blancas ya son difíciles de encontrar.
    Los Cocteau Twins han sabido edificar a lo largo de los años y desde su Escocia natal, una trayectoria sin concesiones (salvo algún traspié que obviaremos por merecido respeto), y una carrera signada por la búsqueda tozuda de un sonido propio, al margen de las exigencias de la industria discográfica y -por qué no decirlo- hasta evidenciando cierto altanero desprecio por la misma. Las bases de este ejemplo de solipsismo artístico se manifestaron debidamente en el soberbio y oscuro “Garlands”, el disco con el que se dieron a conocer allá por 1982. Desde aquel prometedor comienzo y hasta su desaparición, los Cocteau adolecieron de cierto entrañable autismo del que, afortunadamente, no se desprendieron en lo que duró su intensa carrera. Y no es descabellado deducir que, en cuanto sospecharon que la medicina que los curaría se hallaba a la vuelta de la esquina, simplemente se disolvieron en un último y heroico gesto de independencia. Este autismo bien entendido es el que hizo que nunca mirasen más allá de sus propias narices, y en esa actitud -que en otras bandas podría considerarse simple ignorancia o auténtica estupidez-, es donde reside la chispa de su genialidad. Elizabeth Fraser y Robin Guthrie (voz y guitarra respectivamente), han formado una pareja musical que supo configurar un estilo único e inclasificable partiendo sobre todo de sus propias limitaciones y convirtiéndolas en la materia prima de su trabajo. La filosofía de estos escoceses pareciera resumirse en la siguiente -y discutible- frase: nada nos representa más que nuestros propios límites. Partiendo de esta premisa, los Cocteau Twins han delineado una obra de tal magnitud que sólo el tiempo será capaz de mensurar con probidad.
    Vista a la distancia, su discografía puede compararse con un inmenso zigurat o pirámide escalonada, en el que sus primeros discos son los escalones inferiores (vastos, primitivos, cargados de una robusta ingenuidad), y en el que cada nuevo trabajo supuso un paso hacia las alturas, hacia la luz. Y así hasta llegar a los últimos peldaños, delicados y elegantes, poseedores de una belleza tan extraña como refinada. Sofisticación en estado puro.
    Pues bien, en el punto medio de este prodigio músico/arquitectónico se sitúa el trabajo que nos ocupa, “Twinlights”, un EP en el que revisitan cuatro canciones de dos cds anteriores (Milk & Kisses y Four-Calendar Café), dándoles un giro absolutamente distinto (por no decir opuesto) a las originales, y en el que, inesperadamente, prescinden de uno de sus elementos más característicos: la guitarra de Guthrie -acaso uno de los guitarristas más personales e inteligentes de las últimas décadas- y la multitud de efectos que suelen arroparla. En “Twinlights”, por el contrario, todo el peso recae sobre la exquisita voz de sirena de Elizabeth Fraser, y las emblemáticas guitarras eléctricas de Guthrie -y toda la experimentación sonora que las caracteriza- son suprimidas de cuajo y reemplazadas por una instrumentación predominantemente acústica, donde el piano es el que estructura las canciones y en la que un cuarteto de cuerdas (violines, viola y cello) y delicados arreglos de guitarra acústica aportan calidez, y todo esto apoyado en el bajo de Simon Raymonde, el eterno colaborador de la banda. El efecto conseguido es sorprendente, ya que nos permite vislumbrar y redescubrir el esqueleto armónico sobre el que fluyen las imaginativas melodías de la Fraser, vocalizadas en ese inquietante idioma apócrifo que es marca de la casa.
    Fieles a su costumbre de no brindar demasiada información sobre el grupo, los créditos del folleto interno no dan demasiadas pistas sobre lo que acontece en los 4 tracks que forman el EP, lo que -además de aumentar la sensación de misterio que rodea toda la obra de la banda- nos obliga a concentrarnos en lo que realmente importa: la música que mana de estas cuatro inspiradas y volátiles piezas que nos transportan a parajes desconocidos y, a la vez, conmovedores.

Alejandro Blasi



Goldfrapp, “Felt mountain”
La tristeza exquisita

    Extraña cualidad la de la música de Goldfrapp: consigue hacernos sentir nostalgia de algo que no conocimos ni conoceremos. Primero nos guía por paisajes extraños, inquietantes e inaccesibles, para luego, inexplicablemente, dejarnos con esa sensación de añoranza con la que recordamos los lugares más entrañables de nuestra infancia. Un efecto muy contradictorio en el que, seguramente, reside gran parte del poder de seducción de "Felt Mountain", el disco con el que debutaron a finales de 2000, mezclando confort y enajenación por partes iguales, siempre recubiertas de esa pátina de elegante decadencia que hace que su música sea reconocible de inmediato.
    Esta dualidad (familiaridad/misterio, confort/alienación, luz/oscuridad, elegancia/decadencia), se presiente desde la conformación misma de este atípico dúo, al que –haciendo un paralelo con la portada del álbum– podemos considerar un animal bicéfalo en el que Alison Goldfrapp (voz, teclados y frontwoman), aporta sensualidad, pasión y carnalidad, mientras que Hill Gregory (teclados, arreglos de cuerdas y producción artística) es el encargado de suministrar las dosis de sapiencia necesarias para que la fórmula funcione con precisión.
    Goldfrapp apela a lo visual partiendo, obviamente, de elementos sonoros. De ahí que su música haya sido definida hasta la saciedad como bandas sonoras de películas imaginarias (especialmente de cine negro), definición que no por trillada deja de ser certera. Esto explica que entre sus influencias más obvias podamos destacar a músicos dedicados de lleno a la producción de música para filmes, como es el caso del italiano Ennio Morricone o el argentino Lalo Schifrin. Por otra parte, y siguiendo con las dualidades, su música se enrola de manera inequívoca dentro de lo que se ha dado en llamar “trip hop”, aquella bocanada de exquisita melancolía que supo cautivarnos de la mano de bandas como Portishead y Massive Attack, entre otros.
    Instrumentación clásica, toques de electrónica, arreglos orquestales de alto standing, una voz que nada tiene que envidiarle a las grandes divas de todos los tiempos, y hasta una intrépida aproximación a la música de cabaret. Todo eso y mucho más puede encontrarse en "Felt Mountain". Música etérea, lánguida, preciosista, extrañamente familiar y dotada de una profundidad inusual dentro del panorama de la música pop contemporánea.

Alejandro Blasi



Ry Cooder, “Paris, Texas”
Los sonidos del silencio

    He oído por ahí que los esquimales pueden distinguir hasta setenta variedades del color blanco, cada una perfectamente reconocible y con un nombre propio que la diferencia del resto. Esto se debe, obviamente, a que toda su vida transcurre en la nieve y sus sentidos están habituados a discernir entre las más mínimas variaciones del diáfano universo en el que se desenvuelven.
    Pues bien, en apariencia, poco tiene que ver el Ártico con la desértica frontera entre México y Estados Unidos a la que nos remite la música compuesta por Ry Cooder para la inolvidable película de Win Wenders, “Paris, Texas”. Sin embargo, la analogía sirve para graficar la forma en que la percepción puede educarse y refinarse para captar, en este caso, la cantidad de matices que Cooder es capaz de lograr con su guitarra a partir de unas pocas líneas melódicas que se repiten insistentemente a través de toda la banda sonora. De esta manera, habrá quien sólo perciba monotonía en esta obra inmensa, y habrá quien, por el contrario, sepa deslumbrarse con la cantidad de sensaciones que pueden despertar unos pocos sonidos cuando están ejecutados con maestría y sensibilidad.
    El film en cuestión comienza con un personaje (Travis), que se adentra desconsolado en el desierto en busca de un amor perdido (o de algo que no sabe exactamente qué es). A partir de ahí, es la música la que nos conduce a través de este viaje a ninguna parte, y lo hace como si fuera uno de los personajes de la película. Y en más de un sentido lo es. Pocas veces la conjunción entre sonido e imagen ha alcanzado picos tan memorables como los conseguidos en “Paris, Texas”, hasta el punto de que resulta prácticamente imposible separar un elemento del otro sin trastocar el sentido de lo que el director quiso expresar.
    Es sabido que el silencio juega un papel primordial en toda construcción sonora; sin embargo, la importancia que adquiere en este trabajo es tan evidente y rotunda que podemos considerarlo un instrumento musical más. Y la interacción entre ese silencio, que por momentos pareciera poder tocarse, y los sonidos que brotan de los instrumentos, es la metáfora perfecta para representar el desconcierto que siente el protagonista ante la soledad, el paso del tiempo y la falta de respuestas frente a las grandes preguntas que nos formula el mero hecho de vivir. Es decir: la melodía representa al protagonista, y el silencio (que no es lo mismo que la ausencia de sonido) es todo lo que lo rodea: el desierto, sus dudas, su angustia existencial.
    Ry Cooder es un profundo conocedor de los secretos del blues y un investigador incansable a la hora de bucear en las raíces de la América escondida; tanto que, en ocasiones, su actitud lo acerca más a la función de un antropólogo que a la de un músico al uso. En “Paris, Texas” elige una instrumentación mínima, donde su steel guitar lleva la voz cantante, consiguiendo un sonido orgánico y natural, en el que el más mínimo detalle (el frotamiento de los dedos y el sonido del roce de las cuerdas contra los mismos, por ejemplo) adquiere una importancia inusitada y contribuye a lograr un efecto verdaderamente embriagador. Hasta ciertas sutiles desafinaciones parecieran estar cuidadosamente logradas para transmitir una sensación de tensión en determinados momentos del film.
    Nos encontramos, sin dudas, ante uno de los grandes hitos de la historia de la música para películas, capaz de deleitarnos por sí mismo y, a la vez, contribuir decisivamente al desarrollo de la historia que se cuenta en el film, aunque muchos -volviendo bruscamente al tema de los esquimales- sólo alcancen a ver un interminable paisaje blanco y poco más. Allá ellos.

Alejandro Blasi



Lhasa, “The Living Road”
El viaje infinito

    El interés de Lhasa por lo multicultural tiene su origen, seguramente, en la sangre mestiza que corre por sus venas. Su ADN, tanto biológico como artístico, es tan variado como las emociones que despierta su música. Nacida en Québec, Canadá –donde el bilingüismo anglo/francés es el pan de cada día–, hija de padre mexicano escritor y madre estadounidense fotógrafa, y nieta de libaneses, su vida ha estado marcada por constantes viajes que han forjado a fuego lento su inquieta personalidad.
    Bebiendo de las más diversas fuentes, la música de Lhasa se erige como una prueba palpable de que el mestizaje, lejos de diluir los componentes que lo conforman, los potencia y a la vez produce elementos únicos e innovadores. Dicho de otro modo: cada uno de los ingredientes que conforman la macedonia musical que nos propone esta intrépida aventurera es fácilmente reconocible y, paradójicamente, terminan definiendo un producto altamente original y muy difícil de catalogar.
    Lhasa es pretenciosa y valiente. Ciclópea tarea la de meter en un mismo saco ecos de la chanson francesa, melodías de clara inspiración tradicional mexicana, un toque de jazz, otro poco de bolero, aromas de Europa oriental, alguna pizca muy medida de electrónica, y todo eso sazonado con cierto aire avant garde. Sin embargo, Lhasa lo hace con tal convencimiento, que toda esa diversidad fluye de una manera muy natural, alejándola de cualquier postura forzada o poco creíble.
    La instrumentación es exquisita e imaginativa y, como cabe esperar, extremadamente ecléctica. En ella conviven armónicamente instrumentos tan variados como el vibráfono, la marimba, el piano, el violín, el órgano, el cello, el steel guitar, la trompeta o el theremin (exótico instrumento electrónico formado por una caja y dos antenas, que se ejecuta acercando y alejando las manos a cada una de las antenas correspondientes). Con estos elementos a su disposición, los músicos que la secundan crean atmósferas hipnóticas y misteriosas que dejan el suficiente espacio para que su voz se luzca y despliegue toda su carga de sensualidad y pasión.
    Con letras muy cuidadas (en inglés, castellano y francés, según lo requiera cada canción), esta cantautora abre de par en par las puertas de su corazón y nos lo ofrece sin tapujos, destilando humanidad y dejándonos con la sensación de estar asistiendo, mediante algún extraño sortilegio, a un ritual íntimo del que somos privilegiados (y agradecidos) espectadores.

Alejandro Blasi



Neil Diamond, “12 Songs”
El viejo cowboy no se rinde

    En la comedia “¿Qué pasa con Bob?”, el gran Bill Murray le espeta esta brillante sentencia a su psiquiatra: “El mundo se divide en dos bandos: los que gustan de Neil Diamond y los que no”. Pues bien, puede que “12 Songs” ayude a inclinar la balanza hacia un lado. Porque este álbum es un acto de justicia, una de esas ocasiones en que las cosas se ponen en su sitio y desaparecen ciertos malos entendidos que pueden distraer a los más desprevenidos. Y el viejo e inoxidable Neil lo merecía. Merecía, en este punto de su carrera, firmar una obra inobjetable, de esas que se convierten en clásicas de manera instantánea. Además –y esto no es un mero detalle sino, más bien, una declaración de principios–, lo hace de la manera más honesta y esgrimiendo sus mejores armas: su inconfundible voz, su guitarra y un puñado de canciones que conmueven desde el primer acorde hasta el último.
    Gran parte del mérito se lo debemos a la pericia del productor artístico, Rick Rubin, quien ya puso su experiencia al servicio de artistas tan disímiles como Mick Jagger, LL Cool J, Slayer, Sistem Of A Down, Johnny Cash, Red Hot Chili Peppers o Tom Petty, siempre con resultados sorprendentes.
    Rubin desnuda acertadamente el alma de estas “12 canciones” y las despoja de todo adorno superfluo, dotándolas de una frescura y una simpleza que las convierte en el vehículo idóneo para que Diamond luzca su calidad y calidez interpretativa, sin accesorios innecesarios que desvíen nuestra atención.
    Al servicio de esta noble empresa se encuentra un grupo de músicos que sabe hacer muy bien su trabajo, de manera sobria y elegante pero a la vez apasionada (algunos de ellos integrantes de los Tom Petty & the Heartbreakers, más algún invitado ilustre como el ex Beach Boys Bryan Wilson, o el mismísimo “quinto beatle” Billy Preston, recientemente fallecido).
    Austera intensidad, esa pareciera ser la consigna de estas canciones que hablan de amor, soledad y búsqueda espiritual. Al hombre de las eternas gafas de sol, ya lejos de sus días dorados de icono pop, le alcanza con esto para tocarnos el alma doce veces más.

Alejandro Blasi



Gustavo Santaolalla, “Ronroco”
El paisaje que canta

    En 1998, el reciente ganador del Oscar a la mejor banda sonora original por Brokeback Mountain, el compositor y productor argentino Gustavo Santaolalla, sorprendía a la crítica musical con “Ronroco”, un trabajo exquisito y acaso su obra cumbre hasta el momento. La sorpresa residía en la eficacia con la que abordaba la música tradicional argentina desde una óptica contemporánea que la emparentaba con lo que se ha dado en llamar World Music.
    Santaolalla se acerca al folklore de su tierra (una constante en su extensa carrera) de una manera natural, pero –y he aquí su gran acierto– tomando los ritmos autóctonos de la “Argentina profunda” siempre como un punto de partida y nunca como un fin en sí mismo, algo de lo que deberían tomar nota muchos “puristas” a ambos lados del Atlántico.
    Siendo básicamente un músico de rock y teniendo su base de operaciones en Los Ángeles (desde donde se ha convertido en lo que muchos denominan el “gurú del rock latino” por su trabajo como productor de Juanes y Café Tacuba, entre otros), Santaolalla es un músico atento a lo que ocurre a su alrededor y permeable a las influencias más variopintas, que pueden abarcar desde música de África o Japón hasta Europa del Este, así como, por supuesto y en mayor medida, Latinoamérica.
    Conceptualmente hablando, "Ronroco" es una obra minimalista, en la que el trabajo de producción (que lo hay, y mucho), nunca sale a la superficie de manera obvia. Santaolalla construye un andamiaje sonoro prácticamente imperceptible sobre el que se deslizan sutiles arpegios que se superponen unos a otros, creando texturas de una belleza realmente conmovedora.
    La interpretación, lejos de cualquier alarde de virtuosismo, funciona a la perfección con la idea que este talentoso multiinstrumentista nos quiere transmitir. Charango, ronroco y maulincho, todos ellos instrumentos de cuerda autóctonos de Argentina, Perú, Bolivia y Chile son los encargados de dar el “color” general a la obra, mientras que muy medidas intervenciones de flauta, armónica, guitarra y guitarrón, enfatizan y realzan momentos puntuales a lo largo de los más de 40 minutos de placer que nos depara “Ronroco”. Santaolalla mismo es el encargado de ejecutar todos estos instrumentos, mientras que su socio musical desde hace más de 20 años, Anibal Kerpel, aporta lo suyo en vibráfono y melódica, y el legendario charanguista Jaime Torres hace una breve pero contundente intervención en uno de los 12 tracks del cd.
    Extramusicalmente, la mayor hazaña de esta obra magistral, es ponerle sonidos a una parte olvidada del mundo y, paradójicamente, hacerlo desde el corazón mismo de la industria musical internacional (no olvidemos que, además de tener su propio sello discográfico, Santaolalla es uno de los “productores estrella” del poderoso sello multinacional Universal Records y que, entre otras cosas, ha sido elegido como una de las 25 personas de origen latino más influyentes de los Estados Unidos por la revista Time).
    En síntesis (una palabra que bien sirve para definir el espíritu de esta obra en su totalidad), escuchar estas canciones es adentrarse en el paisaje que las ha inspirado, como si ese mismo paisaje generase la música, como si el viento del Altiplano del árido norte argentino nos estuviese susurrando melodías ancestrales al oído.

Alejandro Blasi


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